Es un artículo antiguo, de 2005, pero ya anticipa los cambios que la era digital puede introducir en los pequeños autores de chistes editoriales. Para empezar, ayuda a divulgar tus trabajos. Yo hace más de diez años que no publico en un fanzine, pero estoy preparando algo. De hecho, me tiré a la piscina de la bitácora hablando de cómic, luego empecé a colgar bocetos guarrindongos hechos en la trasera del mantel del restorán donde como a diario... Leñe, cómo escocía ver esos monigotes que salían del boli. El típico diablillo que a la oreja te susurra ¿y tú decías que sabías dibujar, tarado?. Pues sí. Sé hacer monigotes con un lápiz. Y aunque ahora me aterran preguntas del tipo ¿has encajado bien el dibujo? ¿el entintado con la brause o con la guillot? ¿dónde está la línea de acción? ¿has desequilibrado las masas de negros o las tramas? Preguntas que nunca me asaltaron antes, pero estoy haciendo lo que quiero. Con 36 años, un doctorado, una mujer y un crío, pinto monos porque es lo que me pide el cuerpo. Como ese soldado de la ONU ametrallado frente a su jeep me estaba pidiendo a gritos ¡dibújame! ¡cuéntalo tú, que nadie más lo hará!
Un chiste vale como varios editoriales, dicen.
¿Será verdad?





